En el ámbito de la crianza, el modo en que se reconocen los logros de los niños es tan crucial como la manera en que se corrigen sus errores. Lejos de ser meras formalidades, las expresiones de felicitación son pilares fundamentales para el desarrollo emocional. La correcta articulación de estas palabras no solo consolida las conductas deseables, sino que también inculca valores esenciales como la perseverancia, la compasión y el sentido de la obligación, contribuyendo así a la edificación de una autoestima robusta y una personalidad equilibrada. Sin embargo, un encomio desmedido o genérico puede generar efectos contraproducentes. Por ello, la orientación de especialistas se vuelve indispensable para comprender la ciencia detrás del elogio efectivo.
La Sabiduría de los Expertos: Claves para un Elogio Transformador
La Dra. Katia Aranzabal Barrutia, reconocida psicóloga infantil y juvenil, subraya a través de su plataforma en Instagram, @katiaranzabal, que si bien una proporción menor de las acciones infantiles puede ser inadecuada, la vasta mayoría tiende a ser positiva. Sin embargo, a menudo los adultos se concentran en lo negativo, pasando por alto las oportunidades de refuerzo positivo. En este contexto, la doctora Aranzabal enfatiza la necesidad de reconocer y fortalecer activamente los comportamientos positivos en el momento en que ocurren, en lugar de asumirlos como algo natural. Este reconocimiento, aun en las acciones más pequeñas, hace que el niño se sienta valorado, propiciando cambios de conducta perdurables.
La Dra. Aranzabal identifica tres categorías esenciales de elogios. En primer lugar, el elogio merecido, que debe ser administrado con prudencia y solo cuando la situación lo amerite, pues su uso excesivo puede diluir su eficacia. Se trata de un reconocimiento positivo y selectivo de la conducta apropiada. En segundo lugar, el elogio sincero, que brota de manera natural y auténtica. La felicitación a los hijos debe ser genuina, manifestada con convicción y una sonrisa. La espontaneidad y la brevedad potencian su impacto. Finalmente, el elogio enriquecedor, que resalta cualidades intrínsecas y valores como la benevolencia, la lealtad, la amplitud de miras, la laboriosidad, la gratitud y la responsabilidad. La profesional aconseja emplear una diversidad de elogios para reforzar distintas facetas del comportamiento infantil.
La Dra. Viviana Riego Meyer, psiquiatra, comparte en su perfil de Instagram, @dra.vivianariegomeyer, una perspectiva vital: elogiar no busca inflar el ego de los niños, sino más bien guiar y enriquecer su proceso de crecimiento. Un elogio bien meditado y orientado tiene una resonancia profunda, tanto a nivel afectivo como cognitivo, fortaleciendo la autoestima, disminuyendo la ansiedad y consolidando los lazos familiares. Es, en esencia, una forma de apoyo arraigada en los principios de la neurociencia y el afecto. La doctora Riego Meyer resalta que para que el elogio sea verdaderamente efectivo, debe ser específico, enfocándose en las acciones concretas y el esfuerzo invertido, más allá del simple resultado. Asimismo, es crucial valorar el proceso en sí, celebrando la valentía de intentar a pesar del temor. Y, fundamentalmente, el elogio debe integrar la dimensión emocional, destacando actos de empatía hacia los demás. Una observación atenta y una expresión afectuosa pueden moldear positivamente el bienestar y el desarrollo integral de los pequeños.
Desde una perspectiva periodística y como observador del desarrollo humano, la información proporcionada por estas especialistas es un recordatorio potente de que las palabras que elegimos tienen un peso inconmensurable. En un mundo donde la inmediatez y la crítica a menudo dominan, la práctica consciente del elogio se erige como un acto revolucionario de crianza. Este enfoque no solo modela el comportamiento, sino que también forja el carácter, la resiliencia y la capacidad de los niños para navegar un futuro complejo con confianza y compasión. La educación emocional, que incluye el arte del elogio, es una inversión en la próxima generación, una que rinde dividendos en forma de individuos más seguros, empáticos y responsables.