La Importancia Fundamental de las Siestas para el Desarrollo Infantil: Guía por Edades y Señales Clave

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El sueño diurno es un componente vital en la rutina diaria de los infantes, esencial para su crecimiento y salud integral. Más allá del reposo nocturno, los períodos de descanso durante el día ofrecen múltiples ventajas. No obstante, este tema frecuentemente genera interrogantes entre los padres, principalmente en cuanto a la cantidad y duración idónea de estos reposos, ya que varían con la edad y eventualmente dejan de ser necesarios. Comprender las necesidades de sueño de un infante es clave para evitar tanto la falta como el exceso de descanso, lo que podría afectar su temperamento y desarrollo.

La pediatra Nathaly Yéspica enfatiza la trascendencia del sueño diurno en los pequeños: cuando no duermen lo suficiente, su organismo no se recupera adecuadamente y se activa una respuesta de estrés. Esta carencia no se limita al cansancio; el cuerpo del bebé libera más cortisol, la hormona del estrés. Un aumento de cortisol puede manifestarse en un mayor llanto, irritabilidad, dificultades para conciliar el sueño por la noche, despertares frecuentes y una menor capacidad de regulación emocional. Contrario a la creencia popular de que un bebé que no duerme siesta se dormirá más temprano por la noche, la realidad es que un infante sobrecargado de cansancio dormirá peor. Las siestas son fundamentales para estabilizar las emociones, salvaguardar el desarrollo neurológico, optimizar el sueño nocturno y fomentar un comportamiento más sereno y receptivo en el bebé.

El enfermero y autor Pedro Camacho subraya que no existen reglas estrictas para la cantidad de siestas, sino rangos que varían según cada bebé. Lo crucial es observar las señales de sueño del infante y su estado general, más que adherirse a un número exacto de horas. Para los recién nacidos de 0 a 3 meses, el patrón de sueño es a menudo caótico, con 4 a 6 siestas (o más si son irregulares) y períodos de vigilia de 45 a 60 minutos. El total de sueño diurno debería oscilar entre 4 y 6 horas. En esta etapa, el objetivo principal es asegurar que el bebé duerma con frecuencia y evitar largos períodos de vigilia. Entre los 4 y 6 meses, los patrones de sueño comienzan a ser más definidos, con 3 o 4 siestas y ventanas de vigilia de 1 hora y media a 2 horas, sumando un total de sueño diurno de 3 a 4 horas y media. Las siestas cortas de 30 a 45 minutos son comunes debido a la maduración cerebral. Para ayudar, se sugiere un baño antes de la siesta y oscurecer la habitación.

De los 7 a los 9 meses, el número de siestas generalmente se reduce a dos, con períodos de vigilia de 2 a 3 horas y un total de sueño diurno de 2 horas y media a 3 horas y media. Es importante estar atento a las señales de que la tercera siesta puede ser excesiva, como dificultad para conciliar el sueño o un retraso en la hora de dormir nocturna. En esta etapa, las rutinas y horarios estables empiezan a ser más beneficiosos. Entre los 10 y 14 meses, se recomiendan dos siestas, con ventanas de vigilia de 3 a 3 horas y media, y un total de sueño diurno de 2 horas y media a 3 horas. En esta fase, los bebés pueden mostrar resistencia a una de las siestas, lo que puede generar días buenos y otros caóticos. Es crucial no concluir que ya no necesitan la siesta, ya que podría ser una fase temporal; la clave es observar la tendencia a lo largo de varias semanas. Finalmente, de los 15 a los 24 meses, la mayoría de los niños solo necesitan una siesta al día, generalmente después de comer, con una ventana de vigilia de 4 a 5 horas y un sueño diurno total de 1 hora y media a 2 horas y media. Las señales de que aún necesitan la siesta incluyen irritabilidad y cansancio extremo por la tarde. Algunos niños mantienen esta siesta hasta los 3 o 4 años, lo cual es perfectamente normal.

A partir de los dos años, la necesidad de la siesta puede variar significativamente. Algunos niños continúan con una siesta de 60 a 120 minutos, mientras que otros comienzan a omitirla en algunos días. Si la siesta es muy prolongada y dificulta el sueño nocturno, podría ser necesario ajustar su duración en lugar de eliminarla abruptamente. Es crucial observar si el niño se muestra irritable o demasiado cansado sin la siesta, lo que indicaría que aún la necesita. Un indicador de que las siestas van bien es que el niño tarda entre 10 y 20 minutos en dormirse, no está agotado o irritable durante el día, se despierta en un estado de ánimo aceptable (un poco gruñón es normal, pero no desquiciado), y sus noches son razonablemente tranquilas para su edad. Por el contrario, si se despierta de mal humor constantemente, está muy irritable al final del día o se duerme rápidamente en cualquier lugar, podría necesitar una siesta adicional. Si tarda más de 30 o 40 minutos en dormirse, sus noches son un caos sin razón aparente, y tiene despertares prolongados de madrugada sin mostrar cansancio, podría estar durmiendo demasiado o tener una calidad de sueño deficiente.

Mariela León, consultora de sueño y lactancia, identifica varias señales claras de que un bebé podría estar listo para prescindir de la siesta. Estas incluyen una marcada dificultad para conciliar el sueño, con el niño permaneciendo inquieto o jugando por más de 25-30 minutos; un rechazo constante a la siesta durante varios días; despertares más tempranos por la mañana, lo que sugiere que el sueño diurno ya no es necesario; y la ausencia de signos de sobrecansancio, irritabilidad o berrinches a pesar de no haber dormido la siesta. Frente a estas indicaciones, la experta recomienda adaptar los horarios de sueño, reducir progresivamente la duración de las siestas, fomentar la actividad física moderada durante el día y mantener una rutina nocturna relajante para asegurar un sueño de calidad.

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